El pecado original (cuento)

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En el bar al que vamos desde que tengo como diez años, mamá me mira y dice: El problema es que no te sacamos el pecado original por el que fuiste concebida, ¡ja!
Tiene un diario entre las manos. En la tapa dice, Se aprobó el matrimonio igualitario en Argentina. Y, abajo,  Argentina sería el primer país de Latinoamérica en…
Pero mamá no está leyendo el diario. Me lo dijo cuando le pregunté por qué papá y ella se separaron. Fue hace mucho tiempo. Tenía ocho años, y en ese momento no entendía cómo funcionaban las cosas. Ahora, eso no cambio mucho. Pienso que, como soy más grande, quizás tenga ganas de contestarme. Que ella cree que puedo comprenderlo.
Es verano, por eso la mayoría de la gente está afuera. Nosotras, no. Mamá dice que el ruido de la calle le hace doler la cabeza. A veces a ese dolor lo llama migraña y, cuando tiene ese nombre, no le gusta salir de la casa. Me dijo, antes de venir, que como parte de mi regalo de cumpleaños de diecisiete (que, aclaró, no es dieciocho pero es igual de importante) me contestaría una pregunta, sobre ella, sobre lo que sea. Típico. Hizo lo mismo cuando me vino por primera vez y para mi cumpleaños de quince. Todas mis compañeras hicieron fiesta o viaje y yo, nada. Nosotros somos de origen judío, había dicho mamá. Como si le importara. Y aún así, a las doce ese día se había parado en mi habitación, entrando sin golpear, y dicho: bueno, ¿qué me vas a preguntar? Entonces le pregunté si alguna vez se había drogado. No contestó, solo cerró la puerta y se fue.
—Agustina, ¿estás escuchando lo que te digo?—dice, dejando caer los anteojos que usa para leer hasta la mitad de su tabique.
—Sí, sí…que no me sacaron el pecado…
—Hmmm.—dice mamá, ya sin escucharme, dando vuelta la página del diario. A medida que lee se le va abriendo la boca. Ahhh, dice. Baja el diario de un golpe.—No lo puedo creer.
—¿Qué pasó?
—Yo no puedo creer esto. No está bien que los gays se casen. Porque, ¿sabés qué pasa cuando se casan?—dice, acercándose hacia mí con su aliento a café. Tiene un mechón de pelo hundido en el vasito de soda de cortesía.
—No.
—Tienen hijos. Y está muy mal que tengan hijos. Arruinando chicos así, familias. ¡Bah! Eso no es una familia. Escuchá bien lo que te digo: pueden hacer de su culo un florero. Pero que no se casen.
Su respuesta me pega en la cara y en todo el cuerpo. ¿Cómo puede decir una cosa así? Mamá, mi mamá. Quiero decirle: no te tenía de ignorante, retrógrada, discriminadora. Entiendo que lo que me molesta de verdad es que nunca voy a poder contarle nada. Trato de reprimir las ganas de llorar, pero me está costando demasiado. La angustia es un dolor muy concreto. Miro hacia afuera, donde dos madres pasean a sus bebés recién nacidos. No me quiero casar, ni tener hijos, pero lo que dice me duele tanto como mi propio silencio. Justo en el centro del estómago, y más arriba, entre las costillas. No le digo nada. Trato, como hago siempre que algo me enoja, de pensar en una historia para calmarme. Mamá no va a cambiar su opinión porque yo se lo diga, eso lo sé. Pienso, pero lo único que se me ocurre es esto: En el Antiguo Testamento, ese que tuve que estudiar para aprobar materias del colegio, se cuenta que dios destruyó a Sodoma y a Gomorra por ser ciudades del pecado. La gente de la ciudad quería tener sexo con los ángeles que Lot había invitado a su casa. Entonces, los ángeles le advirtieron que iban a destruir la ciudad,  le dijeron que se fuera de ahí sin darse vuelta, o se convertiría en piedra. Lot no miró para atrás, pero su esposa sí. Se transformó en un pilar de sal.
De este pasaje se pueden sacar varias conclusiones, como que mirar hacia atrás, recordar, está mal, o que…
—…y entonces decidimos que lo mejor para los dos y para esta familia—estoy hablando de vos—era separarnos y que cada uno siguiera su vida sin el otro.
—Disculpá. No te estaba escuchando.
—Ahora tengo que repetir todo otra vez—dice mamá, con ese tono que usa cuando está enojada pero quiere parecer amigable. Suspira, empieza de cero. —Tu papá y yo…bueno, tu papá. Él estaba teniendo unos problemas, cómo lo explico, personales.
—¿Qué quiere decir eso?—digo.
—Quiere decir que nuestro matrimonio no estaba muy bien. Ya sabés a qué me refiero. Discutíamos siempre, nos gritábamos por cualquier cosa. Era una situación complicada, pero hicimos lo que pudimos para mantener a la familia siendo eso, una familia.—dice.
—Igual no estás contestando la pregunta. Dijiste que era papá el que tenía el problema. Entones que me digas que discutían todo el tiempo no tiene nada que ver.—digo.
—Agustina, no me gusta ese tono. Pedime disculpas porque, si no, te vas a casa ya mismo.
—Perdón.
—Ja, así no me lo creo. Solo lo decís para que siga hablando, y después dentro de un rato vas a volver a hacerlo.
Entonces trato de que mi voz suene un poco más sincera, aunque nunca voy a sentirlo; no tengo que pedir perdón por nada. En mi cabeza grito: andate a la puta que te parió, perra, hija de puta. Pero desde afuera se escucha:
—Perdoname, mamá, de verdad.
Suspira, cierra los ojos y lleva la taza de café a la altura de sus labios. No toma. Baja la vista, mira lo que hay dentro—café puro, negro y sin azúcar—y pone la taza en el plato, que tiene un círculo negro en el borde y los sobrecitos de sacarina, tres, rotos por la mitad pero sin usar.
Mamá no sabe qué hacer ahora.
—Bueno. Te perdono.— me sonríe, con ese gesto gastado que usa desde que tengo memoria. Pero después los ojos se le vuelven opacos. La mano que está apoyada en la taza de café tiembla, y ajusta los dedos a la parte más ancha de la porcelana resquebrajada, sin importarle que esté demasiado caliente. Abre la boca, apenas, y mira al vacío. Con la boca así parece un pececito. Unas gotas de café caen sobre el plato. La otra mano busca adentro de su cartera. Ya sé lo que va a sacar. El pastillero de corazones. Acomoda un círculo blanco entre sus dedos—¿Valium, Zoloft, Rivotril?—se lo pone sobre la lengua así, en su boca abierta. Suspira de nuevo, toma un trago del café. Cuando abre los ojos, están brillantes. Sus dedos dejan de temblar.
—De qué estábamos hablando.—dice, casi susurrando.
—Del problema de papá.
—Hmmm…ah. Sí, sí.— Silencio. No dice nada. Pero yo voy a hacer todo para que me lo diga.
—¿Me lo vas a decir?
—¿Eh? Ah. Claro, sí. Bueno, tu papá y yo ya no—hace círculos con las manos—, hace mucho que ya no…estando en intimidad no…
—Ya entiendo, no hace falta que lo digas—. digo, y pienso: como la mayoría de las cosas en esta familia.
—Entonces, eh—vos entendés, no—, empecé a sospechar que, eh, la cosa venía por otro lado.—dice.
—O sea que papá se estaba acostando con otra mujer, que no eras vos.
—Claro.
—¿Pero cómo lo comprobaste?—digo. Acá la conversación empieza a dar un giro en mi cabeza, y entonces estoy escuchando todo a lo lejos, viéndolo a través de una pantalla de televisor. Mis palabras no se sienten mías, y las de ella, tampoco suyas. Los ruidos en el resto del bar, como la máquina de café o las señoras que se quejan porque no cobran la jubilación, se callan, y quedamos solo ella y yo. Alto y claro. Pero distante.
—Revisé su celular, y algunos archivos de su computadora porque, eh, ya venía llegando tarde a casa desde hace unos meses y no me parecía que pudiera explicarme dónde estaba. Vi que tenía mensajes de una tal—cómo se llamaba—Verónica. Eso, Verónica se llamaba.
—Entonces lo confrontaste y se separaron.
—Sí. Como dije antes, era lo mejor para todos.

Pensé en Papá conmigo sentada a upa, Papá alzándome en el corral de los animales de granja para que tocara a los corderos, Papá cantándome canciones de Spinetta para hacerme dormir en la cama sin baranda. Su barba raspándome el cuello. Plegaria para un niño dormido. El bar se transforma en un remolino. Me agarro de los costados de la mesa.
En la segunda parte de esa historia en el Antiguo Testamento, las hijas de Lot se acostaban con su padre para quedar embarazadas, primero emborrachándolo. Él nunca se entera. Como es ese su propósito en la vida, el de las mujeres, dios no lo consideró pecado. Entonces no pasó nada. Nadie hizo ni dijo nada.

—Agustina—sigue diciendo mamá—Nosotros nunca te lo explicamos porque…porque hay una parte que falta en todo esto. No es que no queríamos que lo supieras, sino que… La situación era muy difícil. Tenés que tratar de entender.
—Mamá, decí lo que tengas que decir. Ahora, ya está.—dije. Tuve ganas de cerrar los ojos, tensar los músculos y echarme hacia atrás. Esperar a que pegue.
—Está bien. La chica con la que se estaba acostando tu papá.—Mamá frena, se suena los dedos y se acomoda el collar de la camisa. Vuelve a empezar— La chica con la que se estaba acostando tu papá era…era.
—¿Era qué?
—Mirá, lo voy a decir solo una vez, todo junto, y escuchame bien porque no voy a repetirlo, ¿entendido? Y después de esto no quiero más preguntas y nos vamos a casa. Ni una palabra de todo este asunto a nadie. Menos a tu padre.
—Está bien.
Toma mucho aire y, poniendo la voz lisa pero fría, con el temblor de las cosas dichas por primera vez: La chica con la que se estaba acostando tu padre tenía dieciocho años. Era casi menor de edad. Treinta años menor que él. Pensé en denunciarlo, pero no lo hice porque quise que tuvieras la opción de tenerlo como familia, de convivir con él. Pensé que tenías el derecho a conocerlo y que te conociera.—Paró, se tapó la cara con las manos, luego las sacó, muy despacio, y siguió—Esa chica vivía en nuestro edificio. Busqué por donde pude, y al principio no encontré nada. Me llevó bastante tiempo darme cuenta, porque tenía muchos pisos y no sabía los nombres ni de la mitad de la gente. Pero cuando lo descubrí me sentí…no, traicionada no es la palabra. Ridiculizada. Puede ser. Lo que uno gana no conociendo a la gente que tiene al lado.
Mamá, agarrando la taza con las dos manos, se termina el café de una sola vez, echando la cabeza hacia atrás. Por eso ahora solo veo su cuello con las venas que sobresalen, y la punta redondeada del mentón.  Sé que al final de todo puede ver los granos molidos que siempre quedan en el fondo, sé que, a pesar de eso, los traga igual. Y la transpiración de mis manos, apoyadas una en cada rodilla, empieza a pelar las vendas de mi última caída, en el patio de Caix. Mientras espero a que mamá tome, intento pensar en si sería mejor arrancarlas de un tirón, para que duela menos, o ir sacándolas despacio. Dosificar el dolor. Ahora, mamá me está hablando.
—Agustina, tenés que saber que cuando la empecé a buscar a esta chica, sus datos, me enteré de cosas horribles. Ella, ehhh, era…subía estos, eh, de estos videítos a Internet.
—¿Qué quer—
—No me interrumpas, por favor.—dice—En estos videos estaba con…otros…otras chicas. Agustina, tuve que encontrarme con cosas tremendas. Con tremendas quiero decir, ehhh, sexuales, depravadas, pervertidas. Espero que nunca en tu vida tengas que ver algo así. No sé si tu padre sabía algo de esto, pero si lo sabía…si lo sabía….
Tengo náuseas. Espero, quedándome quieta, a que se me pase. Alguien abre la puerta y entra un viento cálido. La calle está cubierta de flores de jacarandá. Observo todas estas cosas para no llorar, intentar no sentir nada. Pero puedo imaginarme a esos videos, pequeños habitantes en el universo del porno, donde las minas cogen con las piernas abiertas en ángulos obtusos e iluminación de estudio—para que se vean todos los agujeros—con sus pelucas rubias y sus tetas falsas, gimiendo como si se les hubiera muerto un pariente. Porno, hecha no para las minas a las que les gustan las minas, sino para los hombres. Hombres, como mi papá.

Sus ojos se vuelven a poner opacos; sé que ese es el final de la conversación.
Mamá mira a su taza de café durante mucho tiempo. Moja una galletita por la mitad en la soda, pero no la come, la deja en el costado del plato. Es como si, habiendo pasado todos esos años, ya no pudiera llorar. Las heridas cicatrizan, a veces. Llega el mozo con la cuenta, lo que en realidad no significa que tengamos que irnos sino que podemos quedarnos todo el tiempo que queramos. El chico, que empezó a trabajar hace un par de semanas y seguramente está de prueba, se preocupa por no molestarnos, aunque ya nos conoce y muchas veces se quedó charlando. Hoy se da cuenta de que hay algo diferente, viene serio. Ve la tapa del diario, la de Se aprobó el matrimonio igualitario en Argentina. Se le ilumina la cara, apenas por un segundo, y después su sonrisa se borra, pareciera que nunca hubiera estado ahí, en su cara. Lo miro. Me guiña el ojo y se va. Yo pongo los brazos cruzados sobre la mesa con la cabeza, baja, entre ellos. No sé lo que voy a ver cuando la levante.

 

 

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