No me digas, que ya sé – Reseña de teatro

No me digas, que ya sé: yendo hacia adelante, mirando a los costados
Artículo publicado en Baires Digital [link]

Por Carla Chinski

Ya desde el programa y su recorrido creativo, siendo una de las obras seleccionadas para la Bienal de Arte Joven de este año predecimos que, por sus actuaciones destacadas, sus canciones acústicas bien integradas a un libreto en su mayor parte ajustado y sus temáticas, esta comedia va a ser un éxito tanto entre el público habitué del off como con los acostumbrados a las grandes producciones musicales de la calle Corrientes. En la función a la que asistimos, no pararon las risas y los aplausos, no solo con cada número musical, sino festejando los chistes y manierismos de los personajes.
No me digas que ya sé no tiene números coreográficos elaborados, ni una puesta en escena que deslumbre, pero esto es precisamente lo que se propone: contar una historia mágica, y tomarla como cotidiana. La escenografía, entre realista y ficticia, completamente roja, parece sacada de una sit-com. El desconocimiento o bien la predicción sobre el futuro se metaforizan por una puerta, que abre y cierra posibilidades. Además, separa la escena de la extraescena; el backstage del escenario no funciona demasiado en ese juego de “factor sorpresa” porque el espectador siempre ve a quien se acerque en el espacio entre la puerta y el lateral. El vestuario combina, y cobra importancia a partir de cómo los personajes eligen vestirse y mostrarse, además de lo que significa el diseño de indumentaria en la biografía de la protagonista.

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A través de su espacio realista, el don de Lola (Mariel Percossi) que le hace poder predecir todo lo que va a pasar en el futuro, aunque increíble, le trae problemas como los de todo el mundo. La ruptura romántica, la omnipresencia de un amor maternal asfixiante (una grotesta y no casualmente llamada Mamá Cora, interpretada por la carismática Laura Silva), el triángulo amoroso bien conocido en el género que se resuelve de manera también conocida, el clásico final feliz. Cuenta Mariel Véliz, libretista junto a Matías Prieto Peccia: “Lo que me resuena mucho de esta obra es que ese “don” es un don que tenemos todos. Vivir adelantados, accionar en función de lo que creemos que el otro va a decir y va a hacer. Cuando ella deja de accionar por lo que van a hacer los otros, empieza a estar bien.”
Todo empezó con la letra de la canción “No me digas”, de Vanesa Butera—el nombre suena conocido porque en el 2008 tuvo su debut en el musical como protagonista de “Hairspray”. La cantautora e intérprete compuso las canciones a partir de ese single, que fue el disparador de la idea.
Con los músicos a un costado de la escena, los personajes participando a veces en las canciones, que siempre llevan a seguir adelante la trama, se exponen intenciones de los personajes e invitan a que nos identifiquemos con ellos. Por ejemplo, en la presentación de la madre, cuyos dos primeros números están separados del espacio de su hija, aunque no de su mundo, se juega con una parodia a los lugares comunes del esoterismo de moda—la astrología, el pensamiento mágico, el tarot. A partir de “Decile a mami” conocemos la relación y el pasado entre Cora y Lola (me arde la oreja izquierda/ como cada vez que ves”), su exagerado dramatismo, en un canto llorado y casi gritado. La excepción quizás sean las canciones de pausa, irrupciones de la locutora de “Radio mañana”, actuada por la misma Silva, que resultan un poco disruptivas al ritmo del relato, a pesar de que fluye hacia el número a tres voces, “No mires adelante”.
En “No me digas…”, los gags, chistes verbales, humor físico y referencias a la cultura pop (la música del Western, Jurassic Park) nos hacen entrar en el juego. Absolutamente todos los intérpretes manejan con soltura la corporalidad del cómico y la actuación en general, sumando la voz cantada que tiene una preparación técnica pero además es expresiva. Si “No me digas…” tiene un punto fuerte, es lo memorable que son sus personajes, cada uno con su característica; Laureano (Julián Pucheta) es un fan de las películas pochocleras, Berta (Sol Macchia), una niña-adulto sofisticada y con actitud. Es ella la que cambia el curso de las cosas pues, desde su presentación inesperada, Lola ya no puede ver el futuro. No sabemos por qué (tampoco sabemos el origen de sus habilidades, aunque se alude al abandono del padre), tampoco queda claro al final por qué “no la veo venir, no la veo venir / antes, siempre antes / ya no más”. Pero el “no verla venir” se aprovecha en un juego de palabras; Berta no viene a uno de los encuentros con Lola en su departamento y se (des)encuentran, haciendo estallar las tensiones.
El sonido de una cuerda marca cada flash-forward mental, Lola se sobresalta y mira al público. Lo que le pasa, ¿es enfermedad o superpoder? Desde que pierde sus habilidades, Lola aprende que todo, en esos momentos de previsión, depende no de esto sino de lo que decida por ella misma. Sin embargo, y aun logrando aceptarse y expresar sus sentimientos por Laureano, el final no satisface. ¿Intuición primitiva o previsión sobrenatural? El desencuentro entre Pablo (Diego Cassere), Luciano y Lola resulta apresurado, además de justamente previsible. Después del momento de crisis, pareciera que el único conflicto verdadero de Lola fuese romántico, cuando se prometía mucho más. El número final (“porque yo voy, voy, voy, voy igual / adonde no me llaman / si tengo que elegir entre quedarme y seguir, yo sigo”) cierra la obra con la tibieza del “seguir adelante” sin mirar para adelante, como Lola pedaleando la bicicleta estática y mirando a los costados, por primera vez.

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