Esta flor, de Katherine Mansfield

[Todos los derechos reservados al autor y sus herederos]

Fuente: MANSFIELD, Katherine. “This Flower”. En: The garden party and other stories. Londres: Everyman’s Library, 1983.

“Le digo, milord estúpido, que sobre esta espina del peligro se recoge la flor de la seguridad.”

Mientras estaba ahí recostada, mirando al techo, tuvo su momento—ah, sí, ¡tuvo su momento! Y no estaba conectado a nada que hubiese pensado o sentido antes, ni siquiera había dejado de hablar el médico, con esas palabras. Era singular, iridiscente, perfecto; era como… una perla, demasiado inmaculada para coincidir con otra… ¿Podría describir lo que había pasado? Imposible. Era como si, aunque no había sido consciente (y, ciertamente, no había estado consciente todo el tiempo) de que estaba luchando contra el flujo de la vida—¡el flujo de la vida, claro!—había de pronto dejado de pelear. Ay, ¡más que eso! Se había rendido absolutamente, hasta el nervio y pulso más minúsculos, y había caído en el luminoso pecho del arroyo y la había sostenido… Era parte de su habitación, parte del gran buqué de anémonas sureñas, de las cortinas blancas de redecilla que soplaban, rígidas, contra la brisa ligera, de los espejos, de las alfombras blancas y sedosas; era parte del clamor agudo, agitado, tembloroso, roto por campanillas y voces gritonas que pasaban afuera—parte de las hojas y de la luz.
Fin. Se incorporó. El médico había reaparecido. Esta extraña figurita, con el estetoscopio todavía colgando del cuello—porque ella le había pedido que le revisara el corazón—apretujando y amasando sus manos recién lavadas, le había dicho…
Era la primera vez que lo había visto. Roy, incapaz, por supuesto, de perderse la más mínima oportunidad para el dramatismo, había obtenido su dirección bastante sospechosa en Bloomsbury del hombre al que siempre le confiaba todo, al que, aunque nunca la había conocido, sabía “todo sobre ellos”.
Querida, había dicho Roy, será mejor que venga un hombre absolutamente desconocido sólo por si—bueno, lo que ninguno de los dos queremos que sea. No se puede ser demasiado precavido con este tipo de asuntos. Los médicos sí que hablan. Sería una gran mentira decir que no lo hacen. Luego: me importa un comino quién lo sepa. No es que no—si me lo permitieras—lo escribiría en el cielo, o lo llevaría a la primera plana del Daily Mirror para que pusieran nuestros dos nombres, con un corazón, ya sabes, atravesados por una flecha.
Sin embargo, claro, su amor por el misterio y la intriga, su pasión por “mantener la belleza del secreto” (¡frase suya!) había ganado, y así se había ido en un taxi a buscar a ese hombrecito ruin.
Escuchó su voz despreocupada diciendo: ¿Te importaría no mencionarle nada de todo esto al Señor King? Si pudieras decirle que estoy un poco desmejorada y que mi corazón quiere descansar; ya que me estuve quejando por mi corazón.
Roy había tenido demasiada razón sobre qué tipo de hombre era el médico. Le dio una mirada rara, rápida y lasciva, y quitándose el estetoscopio con dedos temblorosos lo dobló para ponerlo en su bolso, que se parecía en algo a un zapato de lona viejo y roto.
No te preocupes, querida, dijo con voz ronca, voy a ver que estés bien.
¡A qué odioso sapito le había pedido un favor! Se levantó de un salto y, tomando su saco de tela violeta, se acercó al espejo. Hubo un golpe suave en la puerta, y Roy—que realmente sí estaba pálido, con esa sonrisa a medias—entró y le preguntó qué había dicho el médico.
Bueno, dijo el médico, levantando su sombrero, teniéndolo junto al pecho y marcando un pulso de marcha, todo lo que tengo para decir es que la señora—hum—madam tiene que descansar un poco. Está algo decaída. Su corazón está cansado. No tiene ninguna otra cosa.
En la calle un organito entonó algo jubiloso, riéndose, burlándose, regodeándose, con pequeños trinos, sacudidas, revoltijos de notas.
Eso es todo lo que tengo para decir, para decir
Eso es todo lo que tengo para decir,

se burlaba. Sonaba tan cercano que no le hubiera sorprendido que el médico estuviese girando la manivela.
Vio que la sonrisa de Roy se ensanchaba; sus ojos se iluminaron como fuego. Dio un pequeño “¡ah!” de alivio y felicidad. Y solo por un momento se dejó observarla sin importarle un cuerno si el médico lo veía o no, engulléndola con esa mirada que conocía tan bien, mientras se paraba atándose los moños pálidos de su camisola y cerrándose ese saquito de tela púrpura. Le replicó al médico: Ella se irá. Se irá de inmediato al mar, dijo él, y luego, tremendamente ansioso: ¿Qué hay de su comida? Y al escuchar eso, abrochando su saco no pudo evitar reírse de él.
Eso está muy bien, protestó él, riéndose con deleite de ella y el médico. Pero si no le manejara la comida, doctor, nunca comería nada salvo sándwiches de caviar y—y uvas verdes. Respecto del vino— ¿no debería tomar vino?
El vino no le haría mal.
Champagne, rogó Roy. ¡Cómo lo estaba disfrutando!
Ah, tanto champagne como quiera, dijo el médico, y brandy con soda para el almuerzo, si gusta.
A Roy le encantó eso, le divertía muchísimo.
¿Escuchaste eso?, preguntó con solemnidad, pestañeando y mordiéndose los cachetes para evitar reírse. ¿Te gustaría un brandy con soda?
Y, a la distancia, débil y exhausto, el organito:
Un brandy con so-da
Un brandy con so-da, ¡por favor!
Un brandy con so-da, ¡por favor!
El médico parecía haberlo escuchado también. Le sacudió la mano, y Roy lo acompañó al pasillo para arreglar los honorarios.
Escuchó cerrarse la puerta delantera y luego—pasos rápidos, rápidos por el pasillo. Esta vez simplemente irrumpió en la habitación, y ella estaba en sus brazos, toda apretujada mientras él la besaba con besos rápidos y cálidos, murmurando entre ellos: Mi querida, mi belleza, mi corazón. Sos mía, estás a salvo. Rodeándola con sus brazos apoyó su cabeza en su hombro como si estuviera agotado. Si supieras lo asustado que estuve, murmuró. Pensé que esta vez nos las traíamos. Lo pensé de verdad. Y hubiera sido tan fatal— ¡tan fatal!

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