Viviendo, de Grace Paley

[Todos los derechos reservados al autor y sus herederos]

Dos semanas antes de Navidad, Ellen me llamó y dijo: Faith, me estoy muriendo. Esa semana, yo también me estaba muriendo.
Después de que hablamos, me sentí peor. Dejé solos a los chicos y me fui hasta la esquina para tomar un traguito entre seres vivos. Pero Julie’s y todos los demás bares estaban repletos de hombres y mujeres tragando whisky caliente antes de apurarse para ir a hacer el amor.
La gente necesita fortalecerse antes de los actos de la vida.
Tomé un poco de California Mountain Red en casa y pensé, por qué no, que vayas donde vayas alguien siempre está gritando dame la libertad o yo te doy la muerte. Vecinos perfectamente sensatos, dueños-de-cosas y temerosos de Dios se tapan las orejas por el sonido de una sirena, para evitar que los restos se propaguen por sus órganos internos. Tienes que ser disparatado para amar, y estar ciego para mirar por la ventana hacia tu propia calle helada.
Me estaba muriendo de verdad. Estaba sangrando. El médico dijo: No puedes sangrar para siempre. O te quedas sin sangre o paras. Nadie sangra para siempre.
Parecía que yo iba a sangrar para siempre. Cuando Ellen me llamó para decirme que se estaba muriendo, le dije bien claro: ¡Por favor! Yo también me estoy muriendo, Ellen. Y luego dijo: Oh, oh, Faithy, no lo sabía. Dijo: Faith, ¿qué vamos a hacer? Con los chicos. ¿Quién va a cuidarlos? Estoy demasiado asustada como para pensar.
Yo también estaba asustada, pero solo quería que los chicos no entraran al baño. No me preocupaba por ellos. Me preocupaba por mí. Eran ruidosos. Llegaban demasiado temprano a casa después de la escuela. Hacían un alboroto.
Podrían quedarme un par de meses más, dijo Ellen. El médico dijo que nunca había visto a alguien con tan poca voluntad para vivir. Él piensa que no quiero vivir. Pero, Faithy, sí quiero, sí quiero. Es que tengo miedo.
No podía sacarme de la cabeza esto de la sangre. Su apuro por dejarme estaba drenándome el rojo de los párpados y el tostado de mis mejillas. Todo estaba levantándose desde mis pies fríos para encontrar la salida más rápida de mí.
La vida no es tan genial, Ellen, dije. No hemos estado más que con días horribles y tipos horribles, sin dinero y en quiebra todo el tiempo y cucarachas y nada que hacer el domingo salvo llevar a los chicos al Central Park y remar en ese lago asqueroso. ¿Qué es tan genial, Ellen? ¿Qué perdemos? Viví un par de años más. Ve a los chicos y toda la cosa, a cada sucucho del mundo reventar tirando bolas de fuego…
Quiero verlo todo, dijo Ellen.
Me sentí como una flema enorme saliendo, rebuscada.
No puedo hablar, dije, Creo que me estoy por desmayar.
Alrededor de la primavera, empecé a secarme. Mi hermana se quedó con los chicos por un tiempo para que pudiera quedarme quieta en casa fabricando hemoglobina, corpúsculos rojos, etc., sin interrupciones. Para año nuevo estaba tan de primera que casi me quedo embarazada de nuevo. Mis hijitos llegaron a casa. Estaban altos y apuestos.
Tres semanas después de Navidad, Ellen murió. En su funeral, en esa iglesia muy prolija en el Bowery, su hijo dejó de llorar por un minuto para decirme: No te preocupes, Faith, mi madre se encargó de todo. Me cuidó por su trabajo. El hombre vino y me lo dijo.
Ah, ¿debería adoptarte de todos modos?, pregunté, ponderando, si decía que sí, de dónde iba a sacar el dinero, la habitación, otros diez minutos de buenas noches, de dónde vendría todo. Era un poco mayor que mis hijos. Pronto, necesitaría una buena enciclopedia, un juego de química. Escucha, Billy, dime la verdad. ¿Debería adoptarte?
Paró de llorar. Gracias. Ay, no. Tengo un tío en Sprinfield. Me voy a ir con él. Voy a estar bien. Es en el campo. Tengo primos ahí.
Bueno, dije, aliviada. Es que te amo, Billy. Eres el niño más maravilloso. Ellen debe estar tan orgullosa de vos. Se alejó y dijo: No está nada de nadie, Faith. Luego se fue a Springfield. No creo que vuelva a verlo.
Pero le hablo a Ellen seguido, con la que, después de todo, hice un montón de cosas en estos años, horribles y privados. Llevábamos a los chicos hasta cada maldita roca de Central Park. Los domingos de Pascua, pegábamos palomas blancas en posters azules y rezábamos por la paz, en Eighth Street. Después estábamos cansadas y les gritábamos a los chicos. Los chicos eran bebés. Les abrochamos, en broma, sus trajes de nieve a nuestras polleras y con una rabia esclavizante marchamos todos los domingos durante semanas por los puentes que conectan a Manhattan con el mundo. Compartimos departamentos, trabajos, y galanes creídos.  Y luego, dos semanas antes de la última Navidad, nos estábamos muriendo.

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